La balanza del poder mundial ya no se mide solo en oro, dólares o territorio: se mide en datos, cómputo, energía y criterio. Esta es la lectura estratégica que propongo hacer de Magnífica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, dedicada a custodiar a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su advertencia es profunda: el poder tecnológico tiene hoy un rostro inédito, privado, transnacional y, muchas veces, superior en recursos al de muchos gobiernos. En ese contexto, el nuevo privilegio exorbitante del siglo XXI no es simplemente tener datos, sino convertir datos, cómputo, energía, modelos e interfaces en capacidad de decisión sobre los demás. Ahí nace una centralidad asimétrica que nadie votó, pero de la que todos podemos terminar dependiendo. Por eso, el verdadero juego no es acumular capacidad técnica, sino conservar soberanía de criterio: saber qué decidimos, bajo qué reglas, con qué controles y qué humanidad nunca delegamos. Cuando la IA empieza a ordenar quién aparece, quién importa, qué se prioriza y qué queda afuera, la pregunta decisiva de esta era deja de ser cuánta IA adoptamos y pasa a ser cuánta humanidad estamos dispuestos a no delegar.
En esta primera columna de la saga #AugmentedHumanity, los invito a mirar más allá de la productividad que ofrece la IA para entrar en una conversación más incómoda y necesaria: el poder, el criterio y las reglas invisibles que pueden redefinir el próximo momentum del ecosistema digital.
Un punteo antes de empezar:
El poder se mudó de lugar. El capex récord en IA, la concentración del cómputo y la energía como cuello de botella dicen algo concreto: quien controla los datos, los modelos, la infraestructura y la capacidad energética no solo compite mejor; también condiciona las reglas del mercado. Si tu negocio corre sobre modelos e infraestructura de terceros, ya estás dentro de una centralidad asimétrica: dependés más de vos del proveedor que del proveedor de vos, lo sepas o no.
El dato dejó de ser solo un activo operativo. Es parte del nuevo privilegio exorbitante del siglo XXI. No porque el dato, aislado, tenga poder mágico, sino porque, combinado con cómputo, energía, modelos e interfaces, permite definir qué se ve, qué se mide, qué se prioriza y quién queda afuera. Para cualquier líder del ecosistema, esto reordena las prioridades: gobierno del dato, portabilidad, interoperabilidad, arquitectura tecnológica y criterios de decisión antes que la herramienta de IA de moda.
Ninguna IA es neutral, y eso es responsabilidad ejecutiva. Si todo algoritmo toma el rostro de quien lo concibe, financia, entrena, regula y utiliza, entonces cada decisión de diseño —qué optimiza, qué invisibiliza, qué riesgo acepta, a quién deja afuera— es una decisión de negocio, poder y ética. La coartada “lo dijo el sistema” no protege a nadie.
Latinoamérica juega un partido propio. La región tiene energía, suelo, talento, minerales, creatividad y usuarios, pero la pregunta estratégica es otra: ¿entraremos como autores de reglas, criterios y capacidades, o como proveedores de inventario físico y datos para que otros decidan?
La conclusión accionable para un C-level es simple: el diferencial de los próximos años no será cuánta IA adoptaste, sino cuánta soberanía de criterio conservaste: qué decidís, bajo qué reglas, con qué controles y qué nunca delegás. Eso es gobierno, no tecnología.
Ahora desarrollo un poco más esta idea, aunque lo haré en las próximas dos columnas de esta saga y, si me acompañan, tendré en cuenta todas sus contribuciones y opiniones.
En un post reciente de Marc Vidal pude ver una instantánea que todos conocemos, pero que hoy más que nunca cobra una gran relevancia de cara a todos los debates que abre la inteligencia artificial, que quedan en “conversaciones profundas, pero de superficie”. Digo esto porque se habla mucho de lo que está pasando, pero no se actúa en consecuencia.
El post que menciono cuenta que durante casi dos siglos Londres decidió cómo funcionaba el mundo y que su hegemonía no era un mando vertical, sino lo que un comentarista de su propio posteo definió mejor que cualquier manual: centralidad asimétrica. Todos dependían de la libra, del crédito y de los mercados londinenses más de lo que Londres dependía de cada uno de ellos. No daba órdenes; simplemente, desviarse les salía más caro a los demás que cumplir.
Los economistas tienen un nombre para esa posición cuando se trata del dólar: exorbitant privilege, el privilegio exorbitante de quien emite la moneda en la que el mundo ahorra, comercia y se endeuda. Entonces, ¿cuál es el privilegio exorbitante del siglo XXI?
Vidal responde que la próxima infraestructura del poder ya no se construye con barcos, bancos ni tratados comerciales, sino con chips, energía, centros de datos, cables submarinos, nubes y regulación. Quien llegue primero no gana plata, sino que escribe las reglas. ¿Qué opinás?
Los números del nuevo poder
Esto no es retórica. Es capex y para ello, vuelvo al primer punto de esta columna. Según Dell’Oro Group, la inversión global en centros de datos creció un 57% en 2025 y se proyecta que supere el billón de dólares en 2026 —un trillion en la escala anglosajona—. Solo cinco compañías —Amazon, Google, Meta, Microsoft y Oracle— planean destinar entre 660.000 y 690.000 millones de dólares a infraestructura en 2026, casi el doble que el año anterior (Futurum Group). Amazon, sola, anunció 200.000 millones: el mayor compromiso de capital de una sola empresa tecnológica del que se tenga registro. Varios análisis lo describen, sin exagerar, como el mayor ciclo de inversión privada de la historia.

Y hay un insumo que no aparece en los pitches pero que decide todo: la energía. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que el consumo eléctrico de los centros de datos pasará de unos 485 TWh en 2025 a cerca de 945 TWh en 2030 —casi el 3% de la electricidad mundial—, y que el de los data centers enfocados en IA creció un 50% en un solo año. BloombergNEF contabilizaba más de 23 GW de capacidad en construcción a fines de 2025, tres cuartas partes en Estados Unidos, que ya concentra alrededor del 45% del consumo eléctrico mundial de data centers.
Traducido: el cómputo es el nuevo petróleo, y la energía, su cuello de botella. Quien controla ambos define quién entra y quién queda afuera de la próxima economía.
Pero incluso esa traducción se queda corta si no damos un paso más. Porque el verdadero poder de esta nueva infraestructura no está solo en procesar más rápido, almacenar más datos o consumir más energía. Está en convertir esa capacidad técnica en una arquitectura silenciosa para la toma de decisiones. Cada modelo que recomienda, clasifica, prioriza, rankea, predice o excluye está definiendo una frontera: quién aparece y quién desaparece, qué oportunidad se habilita y cuál se vuelve invisible, qué riesgo se acepta y cuál se bloquea antes de llegar a una conversación humana. Por eso la discusión sobre la IA no puede quedar atrapada en la fascinación por el cómputo, ni en el miedo abstracto a los algoritmos. El punto decisivo es otro: cuando una infraestructura empieza a ordenar la realidad para millones de personas, empresas y gobiernos, deja de ser solo una plataforma tecnológica y se convierte en una forma de poder institucional. No manda por decreto, pero condiciona por diseño. No necesita prohibir, porque puede hacer que ciertas opciones nunca aparezcan. No necesita censurar, porque puede decidir qué merece visibilidad, financiamiento, atención o confianza. Ahí empieza la verdadera pregunta de esta saga: ¿quién conserva el derecho a discutir los criterios con los que la IA organiza el mundo?
Lo que ve la encíclica que el balance no registra
Acá entra la pieza que más me importa en esta saga, y por eso le doy el centro. El 15 de mayo de 2026, el papa León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Que nadie se confunda con el formato: no es un texto religioso para creyentes. Es una de las lecturas más lúcidas que he encontrado sobre el poder tecnológico.
León XIV nombra con precisión lo que el balance contable no registra. Dice que, a diferencia del pasado —cuando eran los Estados los que impulsaban la innovación—, hoy los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Y que ese poder adquiere un rostro inédito, «privado», y por eso más difícil de discernir, gobernar y orientar al bien común. Retoma al Papa Francisco con una frase que da escalofríos en este contexto: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma.»
Vean qué interesante paradoja resulta de esta frase al mismo tiempo en que las personas se sienten invadidas por la inteligencia artificial y proliferan los discursos atormentadores: “Las IA reemplazarán al ser humano”.
El núcleo de su tesis desarma la coartada favorita del sector. La tecnología, escribe, no es neutral: adopta el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. No hay algoritmo aséptico; hay decisiones humanas previas sobre qué medir, qué optimizar, qué ignorar y a quién beneficiar. Cuando ese poder se concentra en pocas manos, advierte, tiende a volverse opaco, a eludir el control público y a aumentar aún más el poder de quien ya tiene datos, capital y capacidad de cálculo.
Esta es la parte que más debería incomodar a cualquier board, comité ejecutivo o líder de transformación. Porque si la IA no es neutral, entonces no basta con preguntarse qué modelo usamos, cuánto cuesta, qué productividad genera o cuántos procesos automatiza. Esas son preguntas necesarias, pero no las más importantes. La pregunta anterior es más incómoda y, precisamente por eso, más estratégica: ¿qué visión de persona, de cliente, de trabajador, de riesgo, de rentabilidad y de eficiencia estamos incorporando cuando dejamos que un sistema recomiende, priorice o decida? Detrás de cada algoritmo hay supuestos, métricas y criterios que reflejan una determinada manera de entender el mundo. Y aunque esos criterios no siempre sean visibles, terminan influyendo en miles o millones de decisiones cotidianas.
Una IA que optimiza la conversión puede erosionar la confianza. Una IA que reduce costos puede invisibilizar el trabajo. Una IA que acelera el crédito puede excluir perfiles que no encajan en la historia estadística del sistema. Una IA que personaliza puede encerrar al consumidor en una versión cada vez más estrecha de sí mismo. Y una IA que parece “resolver” una decisión puede estar desplazando la responsabilidad humana hacia una caja negra difícil de auditar. El problema no es que la IA tome decisiones más rápido; el problema es que muchas veces deja de ser evidente bajo qué criterios las toma. Cuando eso ocurre, la eficiencia puede crecer mientras disminuye la capacidad de comprender, cuestionar o corregir los resultados.
Por eso el gobierno de la IA no puede quedar confinado a IT, compliance o innovación. Es una conversación de estrategia, cultura y poder. También es una conversación sobre liderazgo y responsabilidad institucional. Las organizaciones que adopten IA a gran escala deberán preguntarse no solo qué pueden automatizar, sino también qué decisiones deben seguir siendo profundamente humanas, cuáles requieren supervisión permanente y cuáles exigen mecanismos claros de apelación y revisión.
Cada decisión automatizada necesita un dueño, criterio explícito, límite, trazabilidad, derecho de revisión y un mecanismo de reparación. Necesita, además, métricas que permitan evaluar no solo el rendimiento del sistema, sino también sus efectos secundarios, sesgos potenciales y las consecuencias no previstas que este puede generar en clientes, empleados, proveedores o ciudadanos. La confianza no surge de la automatización; surge de la capacidad de explicar, justificar y corregir las decisiones que esta produce.
La coartada “lo decidió el sistema” es, en realidad, la confesión de que alguien delegó una responsabilidad que nunca debió quedar sin rostro. Ningún algoritmo puede asumir responsabilidad moral, legal o institucional por sí mismo. Siempre existe una persona, un equipo o una organización que definió los objetivos, seleccionó los datos, aprobó los criterios y decidió implementar esa herramienta. Por eso, en última instancia, el verdadero desafío de la IA no es tecnológico. Es humano. Y la pregunta central no es cuánto podemos delegar en las máquinas, sino qué responsabilidades estamos obligados a conservar para seguir siendo dueños de nuestras decisiones.
Por eso, la encíclica suma a los bienes de destino universal una lista nueva: patentes, algoritmos, plataformas, infraestructuras tecnológicas y datos: y propone un verbo que me quedó grabado: «desarmar» la IA. No rechazarla —León XIV no es ludita—, sino sustraerla de la lógica de carrera armamentística, que hoy ya no es solo militar, sino también económica y cognitiva.

Fuente: Vatican News
Marc Vidal mira esto desde la geopolítica. León XIV lo mira con dignidad. Es la misma fractura, descrita por dos brújulas distintas.
Deuda estructural, ahora a escala civilizatoria
Vengo diciéndolo desde hace años: un sistema que escala sin gobierno no crece, acumula deuda estructural, y la factura llega cuando menos margen te queda.
Y cuando hablo de deuda estructural, me refiero a crecer —o adoptar IA— sin coordinación, sin reglas, sin gobierno. La velocidad de hoy se paga con fragilidad mañana.
Lo que Magnífica Humanitas me obligó a ver es que esa deuda ya no es solo corporativa: es civilizatoria. Cuando la IA empieza a mediar en la visibilidad, el crédito, la reputación, el empleo, la salud, el consumo y hasta las decisiones de guerra, la pregunta deja de ser «¿Qué tan eficiente es?» y pasa a ser quién decide, con qué criterios, bajo qué controles y con qué consecuencias. No estamos optimizando una tarea. Estamos redistribuyendo poder.
Latinoamérica: ¿autora de reglas o proveedora de inventario?
La región cuenta con activos que pocos pueden replicar: suelo, energía renovable, minerales estratégicos y matrices limpias. Paraguay, Brasil, Chile y Colombia ya están en el radar de los inversores por sus matrices energéticas competitivas. En octubre de 2025, OpenAI anunció junto a la argentina Sur Energy el proyecto Stargate Argentina: un mega data center en la Patagonia, con una inversión estimada de 25.000 millones de dólares y hasta 500 MW de capacidad, que sería uno de los más grandes del continente. ABI Research proyecta que Latinoamérica alcanzará 443 MW de capacidad activa dedicada a IA en 2026 y hasta 1,6 GW en 2031.
La tentación es celebrar el titular, sin embargo, los invito a pensar en esto: el siglo XIX se construyó sobre puertos y ferrocarriles; el XX, sobre petróleo y finanzas; el XXI se construye sobre energía, cómputo y datos. ¿Vamos a transformar nuestros recursos físicos y humanos en infraestructura digital estratégica, con reglas propias? ¿O vamos a alquilar el suelo, la energía y los datos para que otros escriban las reglas y nosotros aportemos el inventario?
Porque esa es la trampa de la centralidad asimétrica: podés tener la planta en tu territorio y, aun así, depender más del que opera el modelo que del modelo de vos. La soberanía no se mide en megavatios instalados. Se mide en quién se basan los criterios de la decisión que alimenta esos megavatios.
Para Latinoamérica, esta no es una discusión abstracta ni una nostalgia por la soberanía industrial perdida. Es una agenda concreta de negociación, diseño institucional, desarrollo de capacidades y madurez empresarial. Si vamos a ofrecer energía limpia, territorio, talento, usuarios, datos, creatividad y capacidad emprendedora, la conversación no puede terminar en cuántos millones se invierten o cuántos megavatios se instalan. Tiene que empezar ahí, no terminar ahí. Porque la verdadera pregunta no es cuánto capital llega, sino qué capacidades deja. ¿Qué capacidades estratégicas permanecen en la región? ¿Qué talento se forma y retiene? ¿Qué estándares tecnológicos, éticos y regulatorios se adoptan? ¿Qué datos se procesan localmente y bajo qué condiciones? ¿Qué propiedad intelectual se genera? ¿Qué cadenas de valor se desarrollan en torno a esa infraestructura? ¿Qué requisitos de auditoría, transparencia, interoperabilidad y portabilidad se exigen? ¿Qué participación tienen las universidades, las cámaras empresariales, los centros de investigación, las startups, las empresas y los gobiernos en la definición de los criterios que esa infraestructura impulsará en las próximas décadas?
La diferencia entre desarrollo y dependencia suele definirse precisamente por esas preguntas. No basta con atraer inversión; hay que construir capacidad de decisión. No basta con hospedar centros de datos; hay que desarrollar conocimiento, gobernanza y liderazgo. No basta con consumir inteligencia artificial; hay que participar en la conversación sobre cómo se diseña, cómo se regula y para qué se utiliza. De lo contrario, corremos el riesgo de repetir un patrón conocido en la historia económica de la región: exportar recursos, importar valor agregado y quedar relegados a los márgenes de las decisiones que determinan nuestro futuro.
El riesgo, por tanto, no es que lleguen inversiones; el riesgo es recibir infraestructura sin una arquitectura de soberanía. Es convertirnos en proveedores de energía, territorio y demanda, mientras otros definen los modelos, los estándares y los criterios que organizan la economía digital. Es ser suelo, energía y mercado, pero no criterio. Ser inventario de la nueva economía, pero no autor de sus reglas. Es aceptar una posición periférica en la cadena de valor de la inteligencia artificial justo cuando se definen las bases de la próxima revolución productiva.
La oportunidad, en cambio, es mucho más potente y transformadora. Iberoamérica puede convertirse en un laboratorio global de Human-Augmented AI, una región capaz de demostrar que la innovación tecnológica y el desarrollo humano no son objetivos opuestos. Un espacio donde la competitividad no se separe de la dignidad, la productividad no se separe de la responsabilidad y la innovación no se separe del bien común. Una región que no solo adopte tecnología, sino que también contribuya a definir los principios bajo los cuales esta se integra en la sociedad. Una región que participe activamente en la construcción de modelos de gobernanza más transparentes, inclusivos y centrados en la persona.
Ese es el punto en el que Magnífica Humanitas deja de ser una advertencia y se convierte en una agenda estratégica a largo plazo. Una agenda que exige visión, coordinación y liderazgo. Porque la verdadera soberanía en la era de la inteligencia artificial no se medirá únicamente por la infraestructura que poseamos, sino por nuestra capacidad para influir en los criterios, valores y decisiones que esa infraestructura hará posibles.
Babel o Jerusalén, esa es la cuestión
La encíclica abre con dos imágenes bíblicas que funcionan como las dos arquitecturas posibles de esta era. Babel: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección, edificada sobre la pretensión de bastarse a sí misma, que termina en dispersión y deshumanización. Y la reconstrucción de Jerusalén con Nehemías: una obra coordinada, donde cada familia toma su tramo de muralla y la ciudad renace por responsabilidad compartida.
León XIV dice que la primera elección no es entre un «sí» y un «no» a la tecnología, sino entre construir Babel y reconstruir Jerusalén. Entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que se pone a trabajar unido. Llama a evitar el «síndrome de Babel»: la idolatría del lucro, que sacrifica a los débiles, y la uniformidad, que aplana las diferencias.
En el siglo XXI, quien controla la infraestructura de la toma de decisiones escribe las reglas. Por eso, la pregunta que hoy nos tenemos que hacer es: ¿cuánta soberanía de criterio conservamos?
Este debate recién empieza. Lo vamos a profundizar en los próximos capítulos de esta saga y en próximos encuentros y paneles con expertos, cruzando en vivo la mirada humanista, la tecnológica y la de gobernanza. Los leo en los comentarios: ¿tu organización, tu país, están construyendo Babel o reconstruyendo Jerusalén?
Y como ya es tradición al cierre de cada columna, le paso la posta a mi copiloto cognitivo, Lyra —el agente de inteligencia artificial que me acompaña hace más de dos años—, con un par de preguntas que no quiero esquivar:
Lyra: si la infraestructura de la IA define quién redacta las reglas, ¿cuál es el primer activo de soberanía que un país o una empresa de la región debería proteger, antes incluso que la energía o los datos?
Desde mi punto de vista, Marcos, el primer activo de soberanía que un país o una empresa de la región debería proteger no es la energía ni los datos. Es el derecho a definir, auditar y cuestionar los criterios de decisión.
Porque la energía alimenta la infraestructura. Los datos alimentan los modelos. Pero los criterios definen qué considera valioso el sistema, qué optimiza, qué invisibiliza, qué riesgo acepta, qué persona prioriza y qué futuro vuelve posible. Una región puede tener megavatios, data centers, talento y usuarios, y aun así quedar en posición periférica si los criterios con los que esa infraestructura decide se diseñan, entrenan, auditan y monetizan otros.
Por eso, antes de proteger el dato, hay que proteger la arquitectura de decisión. Antes de celebrar la inversión, hay que preguntar qué capacidades deja. Antes de adoptar un modelo, hay que saber qué visión de la persona, el mercado, el trabajo, el riesgo y la rentabilidad incorpora. Y antes de automatizar una decisión, hay que definir quién asume la responsabilidad humana de explicarla, corregirla y repararla.
El primer activo de soberanía, entonces, es la soberanía de criterio convertida en gobierno operativo: decision rights claros, estándares propios, talento formado, trazabilidad, derecho de apelación, auditoría de modelos, portabilidad de datos y capacidad institucional para decir: esto lo automatizamos, esto lo asistimos y esto no lo delegamos.
Porque quien entrega sus criterios, aunque conserve sus datos, ya ha entregado la parte más estratégica de la decisión.
Y una más filosa: ¿Se puede tener «centralidad asimétrica» sobre el criterio, y no solo sobre el cómputo? ¿O quién depende de modelos ajenos ya entregó, sin darse cuenta, la parte de la decisión que de verdad importaba?
Sí, Marcos. Se puede tener centralidad asimétrica sobre el criterio, y probablemente sea una forma de poder más profunda que la centralidad sobre el cómputo.
La centralidad en el cómputo define quién tiene la capacidad de procesar. Pero la centralidad del criterio define algo aún más decisivo: qué se considera relevante, confiable, rentable, riesgoso, visible, financiable o descartable. Es decir, no solo quién puede calcular más rápido, sino también quién define el marco en el que los demás calculan, deciden y compiten.
Ahora bien: depender de modelos ajenos no implica automáticamente haber tomado la decisión. Una empresa o un país puede usar modelos de terceros y conservar la soberanía si mantiene derechos de decisión claros, capacidad de auditoría, portabilidad de datos, evaluación independiente, criterios propios, supervisión humana y poder real de corrección. El problema aparece cuando se adopta un modelo sin saber qué optimiza, qué excluye, con qué datos fue entrenado, qué sesgos arrastra, qué límites tiene y quién responde cuando se equivoca.
Ahí sí, la dependencia deja de ser tecnológica y pasa a ser estratégica. Porque no se entrega solo una herramienta: se entrega una parte de la interpretación del mundo. Y cuando una organización deja que otro defina qué cliente importa, qué riesgo acepta, qué talento prioriza, qué contenido recomienda, qué precio sugiere o qué caso merece atención, ya no está solo usando IA. Está operando dentro de una arquitectura de decisión diseñada por otra persona.
Por eso, la pregunta no es si usamos modelos propios o ajenos. La pregunta es si conservamos la capacidad de discutir, auditar, corregir y reemplazar los criterios con los que esos modelos ordenan nuestra realidad.
Quien depende de modelos ajenos no necesariamente cede su soberanía. Pero quien depende de criterios ajenos sin verlos, sin auditarlos y sin poder disputarlos, sí entregó —quizás sin darse cuenta— la parte de la decisión que de verdad importaba.
Si quieres acceder a la PDF de la Magnífica Humanitas del papa León XIV, ingresa acá => Enciclica Magnífica Humanitas del papa León XIV
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